Banking Supervision
Español
Other languages4 +
Menu

Sobre la importancia de la alineación de las políticas para cumplir nuestro potencial económico

Quinta Conferencia Anual Tommaso Padoa-Schioppa pronunciada por Mario Draghi, presidente del BCE, Foro Económico de Bruselas 2016, Bruselas, 9 de junio de 2016

En un discurso pronunciado la semana pasada en Viena expliqué por qué la política monetaria puede aportar el nivel adecuado de estímulo a la economía, incluso en un entorno de tipos de interés próximos a su límite inferior efectivo[1]. Como la inflación es en última instancia un fenómeno monetario, un banco central comprometido puede cumplir siempre su mandato, independientemente de la orientación de otras políticas macroeconómicas.

Pero la política monetaria no existe en el vacío. La situación de los bancos centrales se puede describir mejor como independencia en la interdependencia, debido a la importancia de otras políticas, que pueden reforzar o debilitar los efectos de nuestra política monetaria, ralentizar o acelerar la vuelta a la estabilidad y determinar si la estabilidad viene acompañada de prosperidad, lo que está relacionado directamente con la cohesión social de la zona del euro.

En estas interacciones, y en su importancia, voy a centrar mi discurso de hoy.

Interacciones entre las políticas para la estabilización de la economía

El objetivo del BCE es lograr una tasa de inflación inferior, aunque próxima, al 2 % a medio plazo, pero el medio plazo no es un período fijo. Frente a perturbaciones adversas, el ritmo al que la política monetaria puede volver a situar la inflación en el objetivo depende de dos factores: la naturaleza de la propia perturbación y las condiciones en las que opera la política monetaria.

Algunos tipos de perturbaciones reducirán inevitablemente la inflación durante más tiempo y harán que la vuelta al objetivo sea más lenta. La reciente sucesión de perturbaciones sobre la oferta de petróleo a escala mundial constituye un ejemplo excelente. En ese contexto, la labor de la política monetaria no es luchar contra las perturbaciones a corto plazo sobre los precios, sino evitar que alimenten la dinámica de la inflación a largo plazo; en otras palabras, es asegurar que el efecto de las perturbaciones sobre la inflación no sea más persistente de lo necesario. Eso es lo que queremos decir cuando hablamos de volver a situar la inflación en nuestro objetivo sin retrasos indebidos. El retorno a la estabilidad de precios no debería tardar más de lo que está implícito en la naturaleza de las perturbaciones que afrontamos.

Sin embargo, este retorno no depende totalmente de nuestra actuación debido al segundo factor: las condiciones en las que operamos. La política monetaria puede actuar con decisión para sostener la demanda, estabilizar las expectativas de inflación y evitar efectos de segunda vuelta sobre salarios y precios, que es exactamente lo que el BCE ha venido haciendo en los dos últimos años[2]. Pero la orientación de otras políticas también influye en la velocidad con la que el producto retorna a su potencial. Por tanto, si las demás políticas no están alineadas con la política monetaria, existe el riesgo de que la inflación retorne a nuestro objetivo a un ritmo más lento.

A este respecto son importantes distintas áreas de política.

En primer lugar, para que la política monetaria estimule la demanda y aumente la inflación es fundamental que el sistema financiero pueda transmitir nuestros impulsos de política monetaria a la economía de manera eficiente. En la zona del euro, ese mecanismo de transmisión se ha visto obstaculizado repetidas veces en el pasado, inicialmente por el incremento de las primas de riesgo como consecuencia de temores infundados sobre la supervivencia de la zona, y posteriormente por el desapalancamiento generalizado de las entidades de crédito[3], lo que ha disminuido la eficacia de nuestra estímulo y ampliado los desfases «grandes y variables» con los que trabaja la política monetaria.

Este hecho lo hemos compensado diseñando medidas para eliminar los obstáculos a la transmisión e incluyendo un análisis de la calidad de los activos en la evaluación global de los balances de las entidades de crédito que iniciamos en 2013. Ambas medidas han contribuido a relajar las condiciones de financiación, como se puede observar en nuestras encuestas sobre préstamos bancarios. Sin embargo, los balances de las entidades de crédito no han sido saneados totalmente, como se infiere del elevado stock de préstamos dudosos existentes en algunas partes de la zona del euro. Por ello, habrá que seguir saneando este tipo de activos de acuerdo con las políticas y las autoridades adecuadas.

En segundo lugar, para la política monetaria es importante si la política fiscal orienta la demanda agregada en la misma dirección y con qué intensidad. La política fiscal de la zona del euro ha mostrado un tono contractivo durante varios años tras la pérdida de confianza en el crédito soberano en 2010, y el efecto negativo sobre el crecimiento se vio exacerbado porque, en algunos países, la consolidación se logró principalmente con aumentos impositivos y no con recortes del gasto corriente[4]. Este hecho cargó todo el peso de la estabilización macroeconómica en la política monetaria, lo que, en un contexto de problemas en la transmisión de la política monetaria, ha dado lugar a un retorno del producto a su potencial más lento que si la política fiscal hubiera brindado más apoyo.

Por eso el BCE ha afirmado en numerosas ocasiones que la política fiscal debería trabajar junto con la política monetaria y no en su contra, y la orientación agregada de la política fiscal en la zona del euro es ahora ligeramente expansiva. Pero sostener la demanda no es solo una cuestión del saldo presupuestario, sino también de su composición, especialmente la carga impositiva y el porcentaje de inversión pública. Por ese motivo no deberíamos considerar la política fiscal únicamente como una herramienta macroeconómica, disponible solo para países con unas finanzas públicas sólidas, sino como una herramienta de política microeconómica que puede reforzar el crecimiento incluso cuando es necesario sanear las finanzas públicas.

En tercer lugar, para la política monetaria es importante que se hayan aplicado las políticas estructurales adecuadas. Las reformas estructurales pueden ayudar a limitar la profundidad y duración de las perturbaciones, lo que a su vez contribuye al anclaje de las expectativas de inflación y mantiene los tipos de interés reales en niveles bajos[5]. Dichas reformas pueden reducir asimismo el retraso en la transmisión de nuestras medidas, pues es probable que una economía más flexible y con mayor capacidad de respuesta transmita más rápidamente los impulsos de la política monetaria[6]. Estas reformas también dan lugar a un crecimiento potencial más elevado, que se traduce en una mayor inversión y, por tanto, en un tipo de interés de equilibrio más alto, lo que crea las condiciones para que el banco central vuelva a aplicar una política de tipos de interés convencional a fin de lograr la estabilidad de precios.

En la zona del euro se han puesto en marcha muchas reformas estructurales en los últimos años, especialmente en los países más afectados por la crisis, y sus beneficios se pueden ver ahora. Pero aún se pueden lograr muchos más beneficios, por lo que hay que intensificar los esfuerzos.

Por último, la incertidumbre sobre la estabilidad institucional de la zona del euro es, asimismo, importante para la política monetaria, ya que también puede ralentizar la transmisión de la política monetaria. Es comprensible que las empresas que no ven con claridad suficiente el entorno en el que van a operar durante los próximos años decidan aplazar o incluso abandonar los planes de inversión, lo que es especialmente cierto cuando la rentabilidad de dichas inversiones depende sustancialmente del tamaño y la apertura del mercado que ofrece la zona del euro y la Unión Europea. Esto quedó claro en el pasado cuando se cuestionó el futuro de la zona del euro.

Y ese tipo de incertidumbre no solo tiene efectos negativos sobre las empresas que se endeudan para financiar la inversión real. También puede afectar a la tasa de ahorro de empresas y hogares, pues la percepción de un riesgo más alto demanda ahorros por motivos de precaución más elevados, lo que evidentemente va en contra de los esfuerzos de la política monetaria para estimular una inversión y un consumo mayores.

Por ello, mencionaré solo una vez más la necesidad acuciante de restablecer la claridad y la confianza en la arquitectura institucional de la zona del euro. Sabemos que la arquitectura actual no está completa. Existe un amplio consenso sobre sus deficiencias y se han presentado muchas propuestas para subsanarlas. Los avances en esta área son necesarios a largo plazo, pero también son relevantes a corto plazo por sus efectos sobre la inversión. De hecho, tal vez la mejor manera de incrementar el producto actualmente es eliminar el impacto negativo sobre la confianza derivado de las incertidumbres mencionadas.

En resumen, existe un alto grado de interacción entre la política monetaria y otras políticas que podrían, en principio, estar enfocadas hacia objetivos diferentes. Dicha interacción no impide que un banco central determinado logre su objetivo, pero afecta al horizonte temporal en el que lo puede conseguir. Ello implica que, para que la estabilización no se consiga con más lentitud de lo estrictamente necesario, todas las políticas han de contribuir.

Y, de hecho, todos los responsables de las políticas deberían tener importantes incentivos para ello, porque el tiempo importa. Un retorno demasiado lento del producto a su potencial dista mucho de ser inocuo. Por el contrario, sus consecuencias económicas son duraderas, puesto que, en última instancia, el potencial también puede verse afectado.

Está bien documentado, por ejemplo, que los trabajadores desempleados de larga duración pueden sufrir los efectos a lo largo de toda su vida: menor capacidad de inserción laboral, menor productividad y menor renta, es decir, lo que se denomina histéresis[7]. Esto les ocurre especialmente a los jóvenes que están desempleados durante los importantes años de formación de sus carreras profesionales y pueden quedar «marcados» en el mercado de trabajo[8]. En la zona del euro se estima que el paro estructural ha aumentado durante la crisis, mientras que el desempleo juvenil sigue siendo elevado[9].

Asimismo, la evidencia de que crecer por debajo del potencial durante demasiado tiempo puede afectar al potencial a través de sus efectos sobre el crecimiento de la productividad es cada vez mayor. Cuando la incertidumbre es elevada, una actitud pasiva puede traducirse en que las empresas más productivas no crezcan tanto como deberían y que las empresas menos

productivas no contraten tanto[10]. En otras palabras —y al contrario de lo que se suele afirmar— una demanda demasiado débil puede ralentizar la «destrucción creativa», mientras que una mayor demanda la puede acelerar. Y se observan señales de dichos efectos también en la zona del euro[11].

Así pues, el coste del retraso es que el trabajo y la productividad sufren y que la brecha de producto se cierra de forma incorrecta, en lugar de que el producto aumente hacia el potencial, el potencial disminuye hacia el producto actual.

Por ello, interesa a todos actuar sin retrasos indebidos. Para el BCE, esto significa no dejar que la inflación se sitúe por debajo de nuestro objetivo más tiempo del evitable, dada la naturaleza de las perturbaciones a que nos enfrentamos. Para otros, significa dedicar todos sus esfuerzos a lograr que el producto retorne a su potencial antes de que un crecimiento subóptimo cause un daño permanente. Y como consecuencia del daño que ha sufrido ya el crecimiento potencial durante la crisis, también significa actuar decididamente para aumentar el potencial.

Aunque mantener el producto próximo a su potencial requiere una mezcla de políticas adecuadas, aumentar el potencial exige sobre todo reformas estructurales. En última instancia, esto se concreta en dos factores: empleo y productividad. Y en ambas áreas hay margen considerable para que la zona del euro incremente el producto realizando esfuerzos decididos encaminados a la aplicación de reformas.

Aumentar el crecimiento potencial

En lo que se refiere al empleo, sabemos que la zona del euro está lastrada a largo plazo por su desfavorable demografía. Pero incluso teniendo esto en cuenta, veo un amplio margen para aumentar el producto en la zona del euro haciendo uso de los otros márgenes que determinan el empleo: en primer lugar, reduciendo la tendencia de la tasa de desempleo, que sigue siendo demasiado alta en muchos países y, en segundo lugar, incrementando las tasas de actividad, que en algunos países no se ajustan aún estrictamente a las normas internacionales.

Reducir la tendencia del desempleo pasa en parte por revertir los efectos de histéresis que he descrito anteriormente. Sin embargo, es importante recordar que la crisis solo ha empeorado una situación que ya era complicada: se estima que incluso antes de la crisis la tasa de desempleo estructural de la zona del euro se situaba en torno al 9 %, frente al 5 % de Estados Unidos. Ello se debe a las características estructurales de los mercados de trabajo de la zona

del euro que han generado una «escalada» del desempleo a lo largo de ciclos sucesivos[12], lo que implica que la mano de obra de la zona del euro tiene un amplio potencial latente que puede liberarse introduciendo políticas laborales y de activación del empleo adecuadas, incluso en mayor medida que en otras economías avanzadas.

La experiencia durante la crisis ha demostrado cómo pueden funcionar dichas reformas. Se estima que las reformas aplicadas por Portugal como parte de su programa de ajuste han reducido la tasa de desempleo en torno a 3 puntos porcentuales en el período comprendido entre 2011 y 2014[13]. Asimismo, la reforma del mercado de trabajo introducida en España en 2012 ha sido uno de los factores que ha respaldado el crecimiento del empleo desde entonces[14]. Estos resultados deberían incentivar a los países que están aplicando reformas a continuar sus esfuerzos, en particular a aquellos en los que el desempleo se ha mantenido tan alto durante tanto tiempo que se ha convertido en una norma social.

No obstante, el reto no es solo aumentar el porcentaje de trabajadores empleados, sino también el tamaño de la población activa, que es con lo que se relacionan las tasas de actividad. Aunque, frente a otros países, la situación de la zona del euro es bastante buena, las tasas de actividad de algunos de sus Estados miembros son aún relativamente bajas, registrándose una diferencia de unos 15 puntos porcentuales entre el país con la tasa más alta y el que registra la tasa más baja. Esto implica que también existe un potencial latente para aumentar el empleo en este margen si se aplican las políticas estructurales adecuadas. Por ejemplo, durante la crisis se ha producido un marcado aumento de las tasas de actividad de los trabajadores de mayor edad, como consecuencia en parte de las reformas de las pensiones introducidas en muchos países de la zona del euro[15].

Con todo, a pesar de este margen inutilizado para acelerar el crecimiento del empleo, no podemos evitar que, con el tiempo, los límites de velocidad inherentes debidos a los efectos demográficos desfavorables de la zona del euro empiecen a dejarse sentir. Se prevé que la población de la zona del euro en edad de trabajar disminuya gradualmente en la próxima década. En este contexto, el crecimiento del empleo podría empezar a desacelerarse en un futuro no muy lejano, incluso si se aplican reformas estructurales decididas, puesto que un porcentaje más elevado de personas empleadas no podrá seguir compensando la disminución de la población en edad de trabajar. Es también poco probable que el aumento esperado de la inmigración pueda contrarrestar íntegramente el descenso natural de la población[16].

Indudablemente, las políticas públicas pueden contribuir a atemperar estos efectos recibiendo e integrando emigrantes. Pero dado que las políticas no pueden hacer mucho para cambiar las tendencias demográficas a largo plazo, la consecuencia es que aumentar el crecimiento a largo plazo requerirá un complemento, esto es, incrementar la productividad.

Pero incrementar la productividad no es fácil, puesto que requiere un abanico más amplio de reformas, que encuentran por lo general una fuerte resistencia como consecuencia de los intereses creados. Por eso, a muchos países les ha resultado más fácil reformar el mercado de trabajo que otras áreas durante la crisis, y de hecho los repetidos intentos efectuados desde finales de siglo de convertir Europa en la «economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo» han tenido escasos resultados[17]. No obstante, teniendo en cuenta las débiles perspectivas de crecimiento de la zona del euro, afrontar el reto de la productividad no puede retrasarse más.

En general, el crecimiento de la productividad se produce a través de dos canales. El primero es el crecimiento dentro de la empresa (within-firm), que depende de la generación y difusión de innovaciones y nuevas técnicas de gestión. El segundo es el crecimiento entre empresas (across-firm), que depende del traslado de recursos desde las empresas menos productivas a las más productivas. El comportamiento relativamente pobre de la zona del euro se relaciona con ambos.

Los indicadores de investigación y desarrollo sugieren que la zona del euro va a la zaga en lo que se refiere a capacidad de innovación, particularmente en el sector servicios. De hecho, parece que la difusión de tecnologías de la información y la comunicación ha contribuido mucho menos al crecimiento de la productividad de los servicios que en Estados Unidos, lo que explica en gran parte el peor comportamiento de la productividad en la zona del euro desde mediados de los noventa[18].

Al mismo tiempo, el empleo está experimentando en la zona del euro un cambio secular de las manufacturas a los servicios, que se ha visto exacerbado por los patrones de creación de empleo a partir de la crisis[19]. Este cambio se está produciendo en todas las economías avanzadas. No obstante, dado que el crecimiento de la productividad en el sector servicios de la zona del euro suele ser más bajo, nuestra productividad agregada se ve limitada.

Con todo, este panorama no es necesariamente un motivo para el pesimismo.

En primer lugar, sugiere que hay un amplio margen para aumentar la productividad con la introducción de tecnologías digitales. Por tanto, el acalorado debate que mantienen actualmente los economistas en Estados Unidos sobre si las grandes oleadas de innovación tecnológica han llegado a su fin es, por el momento, menos relevante[20]. Para la zona del euro, la cuestión clave es cómo crear las condiciones para que más empresas se aproximen a la frontera de la productividad.

Asimismo, el desplazamiento secular de las manufacturas a los servicios puede ser coherente con una mayor productividad si hay una asignación adecuada de los recursos. De hecho, hay diferencias muy notables entre las empresas más productivas y menos productivas dentro de cada sector, más incluso que entre distintos sectores[21], lo que significa que, incluso en una economía orientada a los servicios, la productividad agregada puede seguir mejorando.

En consecuencia, la zona del euro se enfrenta a un doble reto: que más empresas de cada sector se sitúen en la frontera de la productividad y que estas empresas productivas tengan más mano de obra y capital. Y, lo que es más importante, esto no solo aumentaría el producto, sino también el empleo y la igualdad salarial, puesto que el empleo se concentraría en empresas en crecimiento que demandan una mayor capacitación.

Para lograr este objetivo, hay, en mi opinión, tres prioridades.

En primer lugar, abordar las barreras estructurales a la difusión del conocimiento en Europa, lo que tiene muchas facetas, pero las más esenciales son las políticas para incrementar la apertura del comercio y facilitar la participación de las empresas en las cadenas de valor, así como un entorno empresarial competitivo que favorezca la adopción de prácticas de gestión y estructuras organizativas avanzadas[22]. A este fin, completar el mercado único sería lo más efectivo y rápido que podríamos hacer, especialmente en los servicios, ya que aceleraría automáticamente la difusión de la frontera europea, donde contamos ya con muchas industrias líderes a nivel mundial[23].

No obstante, para integrarse efectivamente en el mercado único, las empresas han de poder crecer, por lo que la segunda prioridad es crear las condiciones para que las empresas más productivas puedan expandirse con rapidez y atraer recursos. Ello requiere el buen funcionamiento de los mercados de productos y de trabajo, un sistema financiero que canalice el capital hacia empresas dinámicas y la adopción de políticas que impidan que los recursos queden atrapados en empresas no productivas, como sistemas judiciales y legislaciones concursales eficientes. Cambios de esta naturaleza crean oportunidades, pero también pueden percibirse como una amenaza para determinados trabajadores. Por tanto, también es necesario contar con redes de protección social adecuadas.

Por eso, la tercera prioridad es mejorar el capital humano, lo que beneficiaría a los trabajadores, que tendrían salarios más elevados debido a un mejor ajuste de sus cualificaciones, y a las empresas al reducir el desajuste entre las cualificaciones demandadas y las ofertadas que frena su crecimiento[24]. Los avances en este ámbito pasan en primer lugar por la educación, pero las reformas laborales, como los programas de formación continua y la eliminación de dualidades en el mercado de trabajo, pueden también realizar una contribución importante, ofreciendo, por ejemplo, más oportunidades tanto a los trabajadores jóvenes como a los de más edad para adquirir experiencia y acceso a la formación, dos factores que contribuyen a incrementar su productividad personal.

En última instancia, invertir en capital humano es el elemento clave para lograr un crecimiento más sólido y más inclusivo. Y con el tiempo, esta inversión ayudará asimismo a la zona del euro no solo a converger hacia la frontera de la productividad, sino también a superarla.

Cada país tiene sus propios problemas, pero algunos países de la zona del euro están logrando un fuerte crecimiento de la productividad, por lo que cabe afirmar que este progreso puede lograrse prácticamente en todos los países. Esta es una de las razones por las que el reciente Informe de los cinco presidentes reclamaba un nuevo proceso de convergencia entre los países de la zona del euro, que se traduciría en la introducción de buenas prácticas y reformas estructurales en todos los países[25]. En este momento es indispensable que alcancemos un consenso sobre cuáles son las reformas necesarias y cómo deben aplicarlas los países, y con ello, para que el proceso comience.

Conclusiones

Existen muchas razones políticas comprensibles que retrasan las reformas estructurales, pero hay pocas razones válidas de naturaleza económica. El coste del retraso es demasiado alto.

Teniendo en cuenta las interacciones entre las distintas políticas que he descrito, interesa a todos que se refuercen entre ellas, aunque solo sea porque con ello se acortaría el tiempo que tardaría cada una de ellas en producir sus efectos, y ello significaría que podemos hacer que el crecimiento retorne a su potencial antes de que el propio potencial se deteriore.

Entre las distintas formas de acelerar la consecución de nuestro potencial económico, quizá la más sencilla sea eliminar las incertidumbres que dificultan las decisiones a largo plazo y retrasan la inversión. Y estando aquí en Bruselas, debo subrayar en este contexto los costes de posponer la reforma de la UE y de la gobernanza de la zona del euro, sobre cuya necesidad nadie discute, y en la misma línea, el impulso que supondría para la prosperidad y la estabilidad la eliminación de tales incertidumbres sin retrasos indebidos.



[1]Draghi, M. (2016), «El cumplimiento de un mandato simétrico con herramientas asimétricas: la política monetaria en un contexto de tipos de interés bajos», discurso pronunciado en la ceremonia de conmemoración del segundo centenario del Oesterreichische Nationalbank, Viena, 2 de junio de 2016.

[2]Para una explicación más completa, véase Praet P. (2016), «The ECB's light against low inflation: reasons and consequences», discurso en la LUISS School of European Political Economy, Roma, 4 de abril de 2016.

[3]Para más información sobre las perturbaciones en la transmisión de la política monetaria, véase Ciccarelli, M., Maddaloni, A., y Peydró, J.-L. (2013), “Heterogeneous transmission mechanism: monetary policy and financial fragility in the Eurozone”, Economic Policy vol. 28, nº. 75, julio de 2013.

[4]Para más información sobre el impacto de la composición del ajuste fiscal sobre el producto, véase Alesina, A., Favero, C., y Giavazzi, F. (2014), «The output effect of fiscal consolidation plans», Journal of International Economics, de próxima publicación.

[5]Para profundizar en este argumento, véase Cœuré, B. (2014, «Structural reforms: learning the right lessons from the crisis», discurso pronunciado en la Conferencia Económica 2014 del Latvijas Banka, Riga, 17 de octubre de 2014.

[6]Para más información, véase Draghi, M. (2015), «Structural reforms, inflation, and monetary policy», intervención introductoria en el Foro sobre Banca Central de BCE, 22 de mayo de 2015.

[7]Para más información sobre este fenómeno, véase Ball, L. (2009), «Hysteresis in unemployment: old and new evidence», NBER working paper 14818, marzo de 2009.

[8]Véase, por ejemplo, Arulampalam, W., Gregg, P., and Gregory M. (2001), «Unemployment scarring», The Economic Journal, vol. 111, noviembre de 2001.

[9]La Comisión Europea estima que el paro estructural de la zona del euro se situará en el 9,7% en 2016.

[10]Véase, por ejemplo, Riley, R., Rosazza-Bondibene, C. y Young, G. (2015), «The UK productivity puzzle 2008–13: evidence from British businesses», Bank of England Staff Working Paper 531. Véase también Bloom, N., Floetotto, M., Jaimovich, N., Saporta-Eksten I., y Terry, S.J. (2014) «Really Uncertain Business Cycles», Stanford University mimeo.

[11]Gamberoni E., Giordano, C., y Lopez-Garcia, P. (2016), “Capital and labour (mis)allocation in the euro area: some stylized facts and determinants”, mimeo, BCE.

[12]Véase Anderton, B. et al (2015), “Comparisons and contrasts of the impact of the crisis on euro area labour markets”, ECB Occasional Paper Series, n. 159, febrero de 2015. Este fenómeno ya ha sido explicado en Blanchard, Olivier, y Justin Wolfers (1999), “The role of shocks and institutions in the rise of European unemployment: the aggregate evidence”, NBER Working Paper 7282.

[13]Vansteenkiste, I. (2016), “Did the Crisis permanently Scar the Portuguese Labour Market Evidence from a Markov-Switching Beveridge Curve Analysis”, próxima publicación.

[14]OCDE (2013), “The 2012 Labour Market Reform in Spain: A Preliminary Assessment”.

[15]Véase Anderton, B. et al (2015), ibid.

[16]Comisión Europea (2015), The 2015 Ageing Report.

[17]Consejo Europeo de Lisboa, 23-24 de marzo de 2000, Conclusiones de la Presidencia.

[18]Bloom, Sadun, y Van Reenen (2012), “Americans do IT better”, American Economic Review, 102,1.

[19]“What is behind the recent rebound in euro area employment?”, Boletín Económico del BCE, 8/2015.

[20]Véase, por ejemplo, Gordon, R.J. (2016), “The Rise and Fall of American Growth: The U.S. Standard of Living since the Civil War”, Princeton U.P.

[21]Syverson, C., (2011), "What Determines Productivity?", Journal of Economic Literature, 49(2): 326-65.

[22]OCDE (2015), The Future of Productivity.

[23]Cœuré, B. (2014), ibid.

[24]Anderton, B. et al (2015), ibid.

[25]Juncker, J.-C. et al, “Completing Europe’s Economic and Monetary Union”, junio de 2015.

Speaking engagements

Contactos de prensa