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ENTREVISTA

Por qué es necesaria para todos una respuesta europea común de política fiscal

Contribución de Fabio Panetta, miembro del Comité Ejecutivo, Banco Central Europeo, publicado por Politico el 21 de abril de 2020

21 de abril de 2020

Las razones para una actuación económica europea común en respuesta a la crisis del coronavirus se han presentado frecuentemente como una llamada a la solidaridad. Por noble que esta motivación pueda ser, no es el único motivo para una actuación conjunta de los Gobiernos. Una respuesta simétrica fuerte de las políticas fiscales que compense los daños económicos de la pandemia redunda en el interés económico de todos los países de la zona del euro.

Las desventajas de una respuesta asimétrica son evidentes.

En el ámbito de la salud pública, si se obliga a los países a retirar prematuramente las medidas necesarias (por ejemplo, los confinamientos) porque los costes económicos de contención son demasiado altos, el virus empezará inevitablemente a propagarse de nuevo y causará mayores daños a la economía.

En lo que se refiere a la economía europea, existe un riesgo de contagio similar. Las economías de la zona del euro están estrechamente interconectadas mediante cadenas de producción y relaciones financieras y comerciales. Por tanto, un desplome en una parte importante de la zona del euro reducirá el crecimiento y el empleo en toda la región.

Estas dinámicas se pusieron de manifiesto hace diez años durante la crisis de deuda soberana, pero la crisis actual las exacerba de dos maneras.

En primer lugar, debido a la naturaleza global de la perturbación, los países europeos no pueden redirigir su producción para satisfacer la demanda de Estados Unidos o China, como lo hicieron hace diez años. Esto hace que los países miembros sean dependientes del comercio interno de la zona del euro, que representa el 45 % de su PIB.

En segundo lugar, la amplificación de la perturbación a lo largo de las cadenas de producción será mayor esta vez. Las empresas de la zona del euro están fuertemente integradas en las cadenas globales de valor, con tasas de participación un 60 % mayores que las de las empresas estadounidenses o chinas. La integración es hoy tres veces más estrecha dentro de la región que con el resto del mundo.

De los análisis del Banco Central Europeo resulta que estas interconexiones en las cadenas de producción multiplicarán el perjuicio económico de los confinamientos debidos al coronavirus. Por ejemplo, estimamos que un descenso inicial del 5 % del PIB en las grandes economías de la zona del euro se traduciría en una caída del 7 % del producto en el conjunto de la zona. Un descenso del 15 % del PIB provocaría una pérdida del 20 % en la zona. Y esto considera únicamente la fase de recesión, no la fase posterior de debilidad del comercio si la economía de la zona sigue deprimida.

Solo si todas las economías actúan con la fuerza necesaria para contener la recesión será posible minimizar la pérdida del producto en el conjunto de la zona del euro .

Además, si las respuestas son asimétricas, existe el riesgo de contagio de naturaleza política. La percepción de que falta una actuación común en un momento de crisis desesperada diluiría el apoyo del público a la Unión Europea, un efecto que ya es visible en los países en primera línea de la crisis sanitaria. Si no se frenan, estas percepciones debilitarían las fuerzas centrípetas de la Unión e intensificarían las fuerzas centrífugas. En última instancia, podrían socavar la confianza en el euro.

Por tanto, resulta claro por qué se necesita una respuesta europea enérgica y simétrica. No actuar ahora, no solo no ahorrará a los contribuyentes los costes de esta crisis, sino que, por el contrario, los aumentará cuando finalmente haya que pagarlos. También debilitará las respuestas que las distintas políticas están ya adoptando. Por ejemplo, si se desconocen los futuros costes de financiación soberana y los riesgos de refinanciación, el precio de las garantías públicas para los préstamos bancarios variará de unos países a otros o se concederán menos préstamos de este tipo. En cualquier caso, el resultado será fragmentación y una pérdida más persistente de potencial económico. 

Una respuesta fiscal europea debe basarse en tres principios. En primer lugar, el tamaño de la respuesta debe ser proporcional a la magnitud de la perturbación. En segundo lugar, no debe agravar la fragmentación derivada de las diferentes posiciones fiscales iniciales. En tercer lugar, no debe distorsionar la igualdad de condiciones en el mercado único europeo. Las empresas viables deben poder resistir la crisis independientemente del lugar de la zona del euro en el que estén ubicadas.

Hasta el momento, la respuesta fiscal de los países europeos ha sido incoherente con estos principios. Los países menos afectados por la pandemia han aplicado las respuestas fiscales más vigorosas, mientras que los más afectados han adoptado las medidas menos enérgicas. Parece que ello se debe en parte a que los países más afectados temen no poder asumir la carga de la deuda que una respuesta óptima conllevaría.

La amenaza para el mercado único es evidente: un respaldo desigual de las políticas fiscales implica que la ubicación de una empresa, en lugar de su modelo de negocio, será el factor decisivo que determinará su supervivencia a la crisis.

Más que transferencias entre países miembros o una mutualización de las deudas existentes, lo que se necesita ahora es que los países empleen su fuerza colectiva a fin de que la respuesta europea sea proporcional al tamaño de la perturbación y de que todos puedan beneficiarse de unos costes de financiación bajos y de un nivel cero de riesgo de refinanciación.

Al tiempo que los responsables de las políticas debaten sobre la respuesta adecuada, se están considerando varios posibles modelos de financiación. Entre ellos, hacer un uso serio de la capacidad de endeudamiento y de gasto de la zona del euro, emplear la capacidad de financiación del Mecanismo Europeo de Estabilidad para reforzar las intervenciones europeas y crear un nuevo instrumento para financiar la reconstrucción.

Cualquiera que sea la senda que se siga, el objetivo de la política fiscal debe ser debe trasladar los costes de financiación de esta crisis a un futuro lejano, muy lejano. La deuda emitida a vencimientos muy largos se hace más sostenible con el tiempo, a medida que las tasas de crecimiento superan a los tipos de interés. Y la deuda europea emitida hoy creará el espacio adicional de política fiscal necesario para asegurar esas tasas de crecimiento más altas en el futuro. Una respuesta europea adecuada facilitará también la aplicación de los programas de compras de activos del BCE, aumentando la eficacia de la política monetaria.

Una vez que retroceda la emergencia inmediata, los países tendrán que afrontar problemas de competitividad y sostenibilidad a largo plazo, en el contexto de las tasas de crecimiento y los tipos de interés vigentes en ese momento. Esta es una batalla importante y necesaria, pero no es para hoy. De hecho, cuanto antes se afronte la emergencia actual, antes podrán los países remediar esos problemas y antes volverá el mercado único a funcionar con normalidad.

Actuar ahora para crear las condiciones para una respuesta simétrica de las políticas fiscales ayudará a todos los países miembros a acortar la duración de la crisis, proteger la base económica sobre la que se asientan sus futuras estructuras de producción y exportaciones, y —posiblemente lo más importante— mantener la promesa de un destino europeo compartido e indivisible.

Los países de la zona del euro deben afrontar juntos el coste de la financiación de la crisis, puesto que les beneficia a todos.

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