El reto de la productividad en Europa

Lección magistral de Mario Draghi, presidente del BCE, con motivo del Centenario de Deusto Business School, Madrid, 30 de noviembre de 2016

La economía de la zona del euro continúa creciendo a un ritmo moderado, pero sostenido, y los mercados de trabajo están mejorando asimismo gradualmente, en particular también aquí, en España. Se espera que esta tendencia gradual al alza se mantenga, entre otras cosas gracias a nuestras medidas de política monetaria. Pero el crecimiento de la productividad continúa siendo muy débil. Mientras en 1995 el crecimiento de la productividad en la zona del euro igualaba al del resto del mundo, con una cifra de en torno al 2 %, en este momento, con menos del 0,5 %, se queda atrás respecto a las tasas de crecimiento de Estados Unidos y otras economías avanzadas y mercados emergentes.

Si persiste, esta ralentización del crecimiento de la productividad afectará notablemente a nuestra prosperidad futura y tendrá consecuencias directas en la ejecución de la política monetaria y fiscal y en la cohesión de la zona del euro.

Consideremos en primer lugar el reto derivado del envejecimiento de la población al que se enfrentarán muchas economías en las próximas décadas. Se prevé una reducción del porcentaje de personas en edad de trabajar sobre la población total en el conjunto de Europa y especialmente en algunas economías europeas.

Si nada cambia, si el producto por trabajador, el desempleo estructural y la tasa de actividad se mantienen en los niveles actuales, el envejecimiento de la población provocará una fuerte caída del producto per cápita. Según las proyecciones de población de la OCDE, la disminución del producto per cápita en 2050 será del 14 % en Alemania, el 16 % en Italia y el 22 % en España. Aunque este escenario es muy improbable, muestra que las tasas actuales de crecimiento de la productividad apenas son suficientes para compensar la carga demográfica sobre la renta per cápita.

Son precisas, por tanto, reformas estructurales urgentes para aumentar el crecimiento de la productividad y desbloquear el potencial laboral no utilizado con el fin de evitar el estancamiento de la renta per cápita.

Pero los beneficios derivados de las reformas estructurales para el bienestar de los ciudadanos de la zona del euro van más allá del aumento de la renta agregada y la compensación del lastre demográfico, también potencian otras políticas.

Un mayor crecimiento del producto potencial ayuda a la política monetaria al aumentar el tipo de interés real de equilibrio, lo cual ofrece, a su vez, a la política monetaria más posibilidades de operar sin la restricción de su límite inferior efectivo y reduce así la probabilidad de que resulten precisas medidas no convencionales para contrarrestar fases recesivas futuras.

Y un mayor crecimiento futuro ayuda también a la política monetaria actual, pues anima a los hogares a gastar más y a las empresas a invertir, reduciendo la necesidad de que la política monetaria respalde la actividad económica y reconduzca la inflación hacia el 2 % y acelerando la vuelta a un marco de política monetaria más convencional.

Las reformas estructurales ofrecen también ventajas para la política fiscal. Al aumentar el producto y el empleo y reducir el desempleo, las reformas mejoran los saldos estructurales. Por otra parte, los mayores niveles de producto potencial reducen el exceso actual de deuda pública que está afectando a la capacidad de algunos países de realizar políticas de estabilización. El mayor margen fiscal permite también a los países redistribuir los beneficios de las reformas entre el conjunto de la población, dado que algunas reformas pueden tener efectos distributivos negativos iniciales, que los Gobiernos pueden desear compensar.

Las reformas estructurales ayudan también a desplegar plenamente las ventajas del mercado único, mejorando así la cohesión de la unión monetaria[1]. La mayor convergencia no sólo refuerza la integridad de la Unión, sino también la confianza entre los Estados miembros precisa para dar nuevos pasos hacia la integración.

Por último, las reformas estructurales proporcionan también a la economía de la zona del euro mayor capacidad de resistencia frente a las posibles perturbaciones derivadas de la globalización y la digitalización.

Todos estos factores resaltan la importancia vital de las reformas estructurales para el bienestar y el buen funcionamiento de nuestra unión. Permítanme ahora analizar brevemente los factores determinantes de los bajos resultados actuales en materia de productividad en la zona del euro, antes de señalar algunas medidas necesarias de mejora.

Factores que contribuyen al bajo crecimiento de la productividad en la zona del euro

El crecimiento de la productividad del trabajo tiene dos factores subyacentes. El primero de ellos es la cantidad de capital disponible para cada trabajador, por lo que el aumento de la inversión es un elemento esencial para hacer frente al reto de la productividad en muchas economías avanzadas. El segundo hace referencia al grado de eficiencia en el uso de los recursos, incluidos aspectos como la innovación y las mejoras organizativas. Esta es la productividad total de los factores.

Es en esta área en la que los resultados de la zona del euro han sido especialmente bajos. Se han señalado numerosas razones de esta debilidad, pero básicamente todas ellas están relacionadas con el papel de la innovación, la adopción de la tecnología y la asignación eficiente de los recursos.

Algunos afirman que las innovaciones actuales son de menor magnitud que las de las décadas y los siglos anteriores[2], señalando que durante el siglo XIX se difundieron invenciones transformadoras como el ferrocarril y la electricidad, mientras nuestras innovaciones actuales consisten en cosas como una aplicación informática para pedir un taxi, en lugar de llamar por teléfono. Esto podría ser cierto en alguna medida, pero los hechos parecen indicar otra cosa.

Si la disminución de la productividad total de los factores hubiera sido causada por la ralentización del avance en la primera línea tecnológica, habría que esperar que los aumentos de productividad de las empresas punteras fueran igualmente bajos, pero los hechos parecen indicar lo contrario. Entre 2003 y 2013, la productividad de las empresas manufactureras punteras mundiales (es decir, las primeras 100 empresas mundiales de cada sector en términos de productividad) aumentó en una cuarta parte[3]. El crecimiento de la productividad de las empresas punteras mundiales del sector servicios ha sido incluso mayor. Y, sobre todo, los resultados de las empresas punteras de la zona del euro son parejos a los de otras economías avanzadas.

Es el aumento de la productividad entre las empresas no punteras el que es bajo en los países de la OCDE, lo que explica la ralentización del crecimiento de la productividad agregada en las economías avanzadas. La productividad en las empresas manufactureras no punteras aumentó solo un 10 %. Y la situación de las empresas no punteras de la zona del euro parece aún peor, con un estancamiento de la productividad en las manufacturas e incluso una disminución en los servicios.

En conjunto, la situación no parece ser tanto de falta de progreso tecnológico en sí, sino de falta de difusión del progreso desde las empresas punteras hacia otras empresas. En otras palabras, las empresas rezagadas no están absorbiendo la nueva tecnología ni incorporándola a sus procesos de producción para aumentar su eficiencia, probablemente por falta de presiones competitivas.

Pero la productividad del trabajo no depende únicamente de las ganancias de eficiencia de cada empresa de una economía, sino también de la medida en que el capital y el trabajo se asignan a las empresas más productivas. Aparecen también aquí signos de bajo rendimiento en la zona del euro, especialmente en los sectores no comerciables[4]. Las últimas investigaciones indican que la asignación ineficiente de capital y trabajo tiende al alza en muchos países de la zona del euro[5].

En conclusión, por tanto, la baja productividad de la zona del euro parece ser resultado de la escasa difusión de la tecnología desde las empresas punteras hacia otras empresas y de la ineficiente asignación de capital y trabajo a empresas con relativamente baja productividad. Estos factores son, afortunadamente, más sensibles a las reformas estructurales que la innovación, más difícil de generar. Deben abordarse dos áreas principales.

En primer lugar, hay que eliminar las barreras a la difusión del conocimiento. Esto incluye promover un entorno empresarial competitivo que favorezca la adopción de las mejores técnicas de gestión y estructuras organizativas. Instituciones como esta cuyo centenario celebramos hoy tienen aquí un claro papel que desempeñar para favorecer esta difusión del conocimiento y las buenas prácticas entre las empresas.

En segundo lugar, las empresas productivas necesitan poder crecer para atraer capital y trabajadores cualificados, y esto requiere mercados de capitales, de productos y de trabajo que funcionen correctamente. Es esencial completar el mercado único, especialmente en el sector de los servicios, en el que se produce la asignación más ineficiente. Hay que reducir las barreras regulatorias que dificultan a las pequeñas empresas aumentar su plantilla (la evidencia demuestra que hay empresas productivas que optan por no crecer para no cruzar el umbral que impone mayores gastos administrativos). Las recientes reformas realizadas en Italia y España han tratado de corregir este problema.

La mejora de la asignación de factores requiere también un sistema financiero que funcione correctamente y pueda dirigir fondos hacia las empresas dinámicas. Se precisan igualmente marcos institucionales y judiciales adecuados, como la regulación legal de la insolvencia y la posibilidad de que los bancos ejecuten las garantías, para evitar que el capital quede atrapado en empresas improductivas o fallidas. Las medidas adoptadas aquí en España para reducir los efectos heredados de la crisis bancaria ayudarán a vigorizar el flujo de nuevo crédito hacia empresas rentables y en crecimiento.

Reforzar la aportación de la oferta de trabajo

La solución al reto demográfico no consiste únicamente en hacer más productivos a los trabajadores actuales, sino en incrementar también la parte activa de la población. El desempleo estructural es alto en la zona del euro y ha aumentado de forma sostenida durante varias décadas con cada ciclo económico sucesivo[6]. Las tasas de actividad en gran parte de la zona del euro también están muy por detrás de las de los países con mejores resultados de la OCDE. Reducir la tasa de desempleo estructural y aumentar las tasas de actividad hasta los niveles medios de las tres mayores economías de la zona es suficiente en muchos casos para compensar la carga demográfica, aun suponiendo que el producto por trabajador se mantenga constante.

Aunque a corto plazo la incorporación de más trabajadores a la población activa puede disminuir la productividad media, reducir el desempleo estructural ayuda a proteger la productividad futura del trabajo. Los desempleados de larga duración sufren las consecuencias durante toda su vida en forma de menor renta, productividad y empleabilidad[7]. Esta situación afecta especialmente a los jóvenes desempleados, que corren el riesgo de perder una importante experiencia en sus años de formación. Las elevadas tasas actuales de desempleo juvenil están poniendo probablemente en peligro la productividad futura de esta generación, y es precisamente este grupo el que tendrá que mantener a un número de personas dependientes mayor que las generaciones anteriores.

Las reformas del mercado de trabajo realizadas en España a mediados de 2012 son un ejemplo de reformas estructurales que han conseguido desbloquear ese mercado. La tasa de desempleo, que llegó a alcanzar el 26,5 % en 2013, ha bajado actualmente al 19 %. Aunque continúa siendo muy alta, la reducción de casi 8 puntos porcentuales en tres años en un marco de fuerte desapalancamiento resulta muy destacable.

La Comisión Europea estima que las reformas han tenido un efecto acumulado del 0,5 % sobre el PIB y del 0,8 % sobre el empleo entre 2013 y 2015[8]. La OCDE considera que las reformas han favorecido un crecimiento moderado de los costes laborales unitarios, han incrementado la contratación en un 8 % y han reducido las resoluciones de contratos de trabajo en un 24 %[9]. Los análisis del FMI conducen a conclusiones similares[10]. Otros ejemplos de reformas eficaces de los mercados de trabajo en la zona del euro han dado como resultado igualmente una recuperación intensiva en empleo en los países que las aplicaron[11].

Los mercados de trabajo tienen que mejorar para ofrecer una mano de obra cualificada y flexible. Reducir los desajustes de cualificación disminuye el desempleo estructural y permite crecer a las empresas productivas, y además hace frente a uno de los principales factores causantes del aumento de la desigualdad. La clave es la educación, que incluye el aprendizaje y la formación durante toda la vida y puede potenciarse mediante programas que faciliten la recolocación de trabajadores entre distintos sectores. Eliminar las barreras que provocan la dualidad en el mercado de trabajo permitirá a los jóvenes desempleados actuales convertirse en los trabajadores de más edad altamente cualificados del futuro.

El debilitamiento del impulso reformador

Por tanto, las reformas estructurales son esenciales para aumentar la productividad y la actividad laboral y reducir el desempleo estructural. Por eso el Consejo de Gobierno continúa reclamándolas en la zona del euro. No obstante, el impulso reformador parece estar debilitándose. ¿Por qué son reacios los Estados a realizar estas reformas, dados sus evidentes beneficios y su urgente necesidad?

Una causa es el impacto distributivo de las reformas, especialmente a corto plazo, que puede hacerlas impopulares. Pero lo que a menudo se pasa por alto en el debate público sobre las reformas estructurales es el impacto distributivo de la inacción. Las elevadas tasas de desempleo estructural, la dualidad en el mercado de trabajo y el efecto desánimo en la búsqueda de empleo tienen también un coste económico y humano. Reducir el desempleo es socialmente positivo desde un punto de vista distributivo.

Evidentemente, es importante diseñar las reformas de modo que resulten lo más inclusivas posible. Contrarrestando sus posibles efectos distributivos negativos, los Gobiernos pueden lograr un amplio apoyo para continuar realizando reformas que mejoren el bienestar. Obviamente, no toda la redistribución resultante de las reformas es socialmente negativa. Eliminar las rentas ineficientemente altas de sectores protegidos, especialmente los no comerciables, puede producir importantes mejoras de bienestar social. Los intereses particulares consolidados pueden ejercer, no obstante, importantes presiones, que los Gobiernos deben resistir.

Dado que estas barreras a la realización de reformas estructurales han existido siempre, ¿qué es lo que las ha impulsado en el pasado? La literatura sobre el tema es relativamente nueva, pero destacan varios factores, en particular las crisis económicas y el elevado desempleo[12]. En el caso de la UE, las directivas sobre el mercado único son un importante motor de las reformas en los mercados de productos[13].

Corregir la secuencia de las reformas también puede resultar de ayuda: las reformas en los mercados de productos pueden facilitar la posterior realización de reformas en los mercados de trabajo. Al suprimir las barreras de entrada, las reformas de los mercados de productos que favorecen la competencia pueden eliminar ineficiencias, promoviendo así una mayor actividad económica y un mayor empleo, y compensando con ello los posibles costes a corto plazo de posteriores reformas en los mercados de trabajo.

¿Y qué hay de la política monetaria? La literatura económica no dice mucho sobre la influencia de la política monetaria en el proceso de reforma. Un punto de vista es que la orientación acomodaticia de la política monetaria puede aumentar el margen de maniobra de los Gobiernos, permitiendo medidas dirigidas a compensar algunos de los costes a corto plazo de las reformas[14]. Pero ciertamente también hay analistas que consideran en este momento que las medidas no convencionales del BCE están ahogando los incentivos para la reforma.

Para responder a esta cuestión, un estudio preliminar interno del BCE analiza los factores que determinaron la realización de reformas estructurales en 40 países de la OCDE durante las últimas tres décadas. Este estudio respalda las conclusiones previas de la literatura sobre los determinantes de las reformas. En lo que se refiere a la política monetaria, el estudio muestra que unos tipos de interés más bajos no obstaculizan, sino que en todo caso tienden a favorecer, la aplicación de reformas, como confirma la evidencia anecdótica en algunos grandes países de la zona del euro que han realizado recientemente importantes reformas en sus mercados de trabajo.

Parece, por tanto, que debemos dar mayor peso a este segundo planteamiento. Actuando conforme a nuestro mandato y, en concreto, apoyando la actividad con el fin de reconducir la inflación hacia nuestro objetivo a medio plazo, el BCE está proporcionando también margen de maniobra a los Gobiernos de la zona del euro para llevar a cabo las reformas estructurales necesarias. Es una ventana de oportunidad que no deben desaprovechar.

Conclusión

Concluyo ya.

La zona del euro se enfrenta a un importante reto demográfico en las próximas décadas. Para hacer frente a este reto es necesario detener la disminución del crecimiento de la productividad y mejorar el rendimiento del mercado de trabajo. Sin un impulso concertado a las reformas estructurales, el aumento de la renta per cápita en la zona del euro se estancará probablemente y podría incluso disminuir.

Los beneficios de las reformas estructurales para el bienestar social van más allá de la protección de la renta per cápita. Los efectos distributivos de la reducción del desempleo y el aumento de la actividad laboral son positivos. Elevar el crecimiento del producto potencial proporciona mayor margen de maniobra a la política monetaria y fiscal. Al eliminar barreras, las reformas permiten aprovechar todas las ventajas del mercado único, aumentar la cohesión económica y reforzar la unión monetaria.

Las actuales medidas de política monetaria del BCE están diseñadas para impulsar la actividad a fin de reconducir la inflación hacia nuestro objetivo de tasas inferiores, aunque próximas, al 2% a medio plazo. Con ello reducimos el riesgo de que se consoliden las bajas tasas de crecimiento actuales, pero nosotros solos no podemos eliminar ese riesgo. La política monetaria está proporcionando apoyo y margen de maniobra a los Gobiernos para que realicen las reformas estructurales necesarias. Corresponde a los Gobiernos de la zona del euro actuar tanto individualmente en el ámbito nacional como conjuntamente en el ámbito europeo.



[1]Draghi, M. (2015), «Structural reforms, inflation, and monetary policy», intervención en el Foro sobre Banca Central de BCE, Sintra, Portugal, 22 de mayo de 2015.

[2]Por ejemplo, Gordon, R. (2016), The Rise and Fall of American Growth: The US Standard of Living since the Civil War, Princeton University Press.

[3]OCDE (2015), The Future of Productivity, OCDE, París, Francia.

[4]Fuente: CompNet (2016), “European firms after the crisis: New insights from the 5th vintage of the CompNet firm-level-based database”.

[5]Gamberoni E., Giordano, C., y López-García, P. (2016), “Capital and labour (mis)allocation in the euro area: some stylized facts and determinants”, Working Paper n.º 1981, BCE.

[6]Véase, por ejemplo, Anderton, B. et al. (2015), “Comparisons and contrasts of the impact of the crisis on euro area labour markets”, Occasional Paper Series n.º 159, BCE.

[7]Véase, por ejemplo, Ball, L. (2009), “Hysteresis in Unemployment: Old and New Evidence”, NBER Working Paper No 14818, marzo de 2009.

[8]Comisión Europea (2016), “The Economic Impact of Selected Structural Reform Measures in Italy, France, Spain and Portugal”, Institutional Paper n.º 23, abril de 2016.

[9]OCDE (2014), “The 2012 Labour Market Reform in Spain: A Preliminary Assessment”, Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, París, Francia.

[10]FMI (2015), “Spain: selected issues”, Country Report n.º 15/233, FMI.

[11]Comisión Europea (2016), op. cit.

[12]Véanse, por ejemplo, Høj, J., Galasso, V., Nicoletti, G. y T-T. Dang (2006), “The Political Economy of Structural Reform: empirical evidence from OECD countries”, Economics Department Working Papers n.º 501, OCDE, y Agnello, L., Castro, V., Jalles, J. y R. Sousa (2015), “What determines the likelihood of structural reforms?”, European Journal of Political Economy, 37: 129-145.

[13]Véase, por ejemplo, Thompson, W. y R. Price (2009), The Political Economy of Reform: Lessons from pensions, product markets and labour markets in ten OECD countries, OCDE, París, Francia.

[14]Gordon, R. (1996), “Macroeconomic Policy in the Presence of Structural Maladjustment”, NBER Working Paper Series, n.º 5739.

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