Europa y la nueva economía

Eugenio Domingo SolansMiembro del Consejo de Gobierno y del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo,Conferencia inaugural del Curso de Verano "Comunicación y empresa en la era digital",organizado por la Fundación General de la Universidad Complutense. San Lorenzo de El Escorial, 9 de julio del 2001. Introducción

He estructurado mi intervención titulada "Europa y la nueva economía" sobre la base de cinco grandes interrogantes: ¿qué es la nueva economía?, ¿es nueva la "nueva" economía?, ¿ha llegado a Europa la nueva economía?, ¿garantiza la nueva economía un crecimiento sostenido? y finalmente, a modo de comentario final, ¿qué enseñanzas puede derivar de la nueva economía un banco central?

Aunque en la medida de lo posible he tratado de dar respuestas concretas a estas preguntas, como tendrán enseguida ocasión de comprobar, pienso que mi mejor contribución a este Curso está precisamente más en los interrogantes planteados que en las respuestas dadas, lo cual suele suceder cuando uno aborda una cuestión que no está trillada, dicho sea como mérito de los organizadores de este Curso. En cierto modo, lo anterior implica que voy a representar mejor el papel de profesor universitario que el de banquero central, porque los bancos centrales están para dar respuestas y las Universidades, aunque sean de verano como ésta, están más que nada para plantear cuestiones. Siempre he pensado que la mejor forma de examinar a un alumno sería haciendo que preguntara a su profesor.

¿Qué es la nueva economía?

Pocas veces se habrá hablado tanto de algo sin saber a ciencia cierta de lo que se está hablando como en el caso de la nueva economía. Al comenzar a preparar mi conferencia, lo primero que hice fue, lógicamente, considerar los diferentes significados y definiciones que se han dado sobre el concepto de nueva economía con la finalidad de alcanzar alguna conclusión clara acerca de lo que estas dos palabras quieren decir.

Vaya por delante que no lo he conseguido de forma satisfactoria. Para ser breve, lo que he sacado en claro es que la idea arranca de la existencia de ciertas innovaciones tecnológicas, especialmente en el campo de los sistemas de información y comunicación; dichas innovaciones causan cambios en parámetros económicos básicos (métodos de organización, precios relativos, productividad, eficiencia, relaciones entre variables macroeconómicas) que dan como resultado tasas más elevadas de crecimiento económico no inflacionista durante períodos más prolongados de tiempo. El concepto de nueva economía tiene que ver por tanto con una causa (innovación tecnológica), con una correa de transmisión (métodos de organización, productividad, etc.) y con un resultado final (más crecimiento sostenido con estabilidad durante más tiempo).

Si la nueva economía fuese un automóvil nuevo, podríamos decir que éste dispone de un motor más potente que junto con las necesarias adaptaciones en el chasis, los amortiguadores, etc. permite alcanzar una mayor velocidad sin riesgo de accidente. De hecho, la nueva economía se ha definido como "una economía en la que el límite de velocidad no inflacionista ha aumentado" (Hämäläinen, 2001:4).

El núcleo del concepto de nueva economía es por tanto la existencia de innovación tecnológica que permite mejorar la organización, aumentar la eficiencia y la productividad y elevar el potencial de crecimiento estable del PIB de la economía. La nueva economía permite aumentos adicionales de demanda que, al encontrar debida respuesta en la oferta, no se traducen en tensiones inflacionistas. Esta misma idea puede ser expresada más técnicamente diciendo que la innovación tecnológica y el aumento de la eficiencia y de la productividad que le sigue reducen el desempleo incluyendo la llamada "NAIRU" (la tasa de desempleo no aceleradora de la inflación), o bien se puede también razonar afirmando que el aumento de productividad resultante de la innovación tecnológica permite aumentos adicionales de salarios sin riesgo para la estabilidad, puesto que las nuevas tecnologías y la subsiguiente mayor productividad permiten mantener a raya los costes laborales unitarios aunque se incrementen los salarios.

Aunque no voy a desarrollar extensamente este punto, que requeriría por sí solo del tiempo de toda la conferencia, sí quisiera mencionar que la nueva economía es una bendición para la política económica en general y para la política monetaria en particular. Poder aceptar más demanda sin riesgos inflacionistas significa para un banquero central lo que para un profesional del sector del automóvil supone disponer de un automóvil más potente con un límite de velocidad más alto sin mayor riesgo de accidente. En el último apartado de esta conferencia volveré a tocar brevemente el tema de la relación entre nueva economía y política monetaria.

Una de las claves de la nueva economía está en la relación entre innovación tecnológica y aumento de la productividad, que a mí me parece obvia, pero que no debe serlo tanto cuando dicha relación ha dado lugar a la llamada paradoja de Solow, que puede resumirse en la conocida ocurrente afirmación del Premio Nobel de que "la era de los ordenadores puede verse en todas partes salvo en las estadísticas de productividad" (Solow, 1987: 36).

Hay dónde elegir si se buscan posibles explicaciones a la paradoja de Solow (Gordon, 1998: 4-7). En primer lugar cabría pensar, sencillamente, que las estadísticas de productividad están mal hechas, idea nada original desarrollada por Baily y Gordon (1988), que yo personalmente, como miembro del Directorio del BCE directamente responsable de la Dirección General de Estadística, me vería en la obligación corporativista de rechazar aunque tuviera alguna base. Cabria argüir, en segundo lugar, como hace Sichel (1997), que los ordenadores no están en todas partes, puesto que tampoco representan un porcentaje tan alto del stock de capital (sólo alrededor del 2% en Estados Unidos). En tercer lugar, hay quien piensa (David, 1990) que, al igual que sucedió con la invención del motor eléctrico hacia 1880, cuyos efectos en las estadísticas de productividad no se manifestaron hasta los años 20 del siglo XX, también deberá transcurrir una generación entera hasta que los sistemas de producción se aprovechen plenamente de la actual innovación tecnológica. Por ultimo, puede razonarse, como hace Gordon (1998: 5), que "algo malo pasa con los ordenadores" en el sentido de que muchas actividades del sector servicios son "inherentemente inmunes" a los aumentos de productividad derivados de los ordenadores, debido fundamentalmente a que los ordenadores se tienen que interrelacionar con las personas, con los consiguientes desajustes. O sea que, corrigiendo a Gordon, debería decirse que "algo malo pasa con las personas en sus relaciones con los ordenadores".

Sin ánimo de eclecticismo, lo más probable es que todos estos argumentos expliquen en parte la paradoja de Solow, puesto que raramente un hecho complejo admite una única explicación. Bromas corporativistas aparte, lo cierto es que debemos mejorar las estadísticas en este campo y en muchos otros. Opino también que la actual revolución tecnológica, con ser impresionante, no hace palidecer a la que vivieron nuestros antepasados cuando, por ejemplo, empezaron a producir electricidad y a aplicarla a usos industriales, como más adelante señalaré. Pienso que las nuevas tecnologías no escapan a la ley de los rendimientos decrecientes. Finalmente, no necesito muchos argumentos para convencerme de que los humanos somos imperfectos.

¿Es nueva la "nueva" economía?

La humanidad - y, dentro de ella, los economistas - abusa de la idea de lo nuevo. Aunque la historia - y, dentro de ella, la historia económica - aporta continuas novedades, tendemos a calificar de nuevo lo que a veces no es tal, sino, simplemente una manifestación nueva, una nueva presentación - por supuesto con una nueva etiqueta - de algo perfectamente conocido por nuestros antepasados.

Estamos en la época del marketing. No basta con tener ideas, además hay que saber venderlas. Salvo las buenas y auténticas antigüedades, sólo se vende bien lo nuevo. Nada es novedoso si no presenta un nuevo y atractivo envoltorio, con una nueva etiqueta que permita marcar la diferencia. Ello es verdad tanto para un nuevo perfume como para la nueva economía.

Digo todo esto porque entiendo que ninguno de los elementos que he mencionado en relación con el concepto de nueva economía es realmente nuevo: ni la existencia de notables innovaciones tecnológicas, ni los correspondientes ajustes en el sistema económico que actúan de correa de transmisión, ni los efectos finales de todo ello sobre los resultados económicos. Pienso, en definitiva, que la expresión "nueva economía", tan al uso, no es afortunada.

No voy a negar la importancia de los avances de nuestro tiempo. Somos continuamente testigos de la aparición de novedades en el área de los sistemas de información, en el terreno de las comunicaciones, en el campo de la bioquímica, en el sistema financiero, etc. Esto es evidente y basta con ojear el contenido de este curso sobre "Comunicación y empresa en la era digital" para darse cuenta de ello. Hay novedades que afectan y afectarán decisivamente a la empresa y, lo que es más importante, a nuestro bienestar. El punto que quiero señalar es que la existencia de novedades no constituye una novedad. Ni siquiera estoy convencido de que la escala de las actuales novedades sea una novedad. Es cierto que alguien transplantado a nuestro tiempo procedente de comienzos del siglo XX no reconocería el nuevo entorno; pero lo mismo hubiera ocurrido con alguien que hubiese sido transplantado desde comienzos del siglo XIX a comienzos del siglo XX. El salto que va de las Guerras Napoleónicas a la época del ferrocarril, del automóvil, del aprovechamiento industrial de la energía, de la luz eléctrica, de los rayos Röntgen y de la anestesia no es menor que el que separa a estos ejemplos de internet, de la televisión digital o de la ingeniería genética. El salto registrado de comienzos del S. XX a comienzos del S. XXI pienso que es comparable al que tuvo lugar entre comienzos del S. XIX y comienzos del S. XX tanto para el desarrollo económico como para la felicidad del hombre. Personalmente admito que, si estuviera obligado a elegir, renunciaría gustoso a Internet con tal de no sufrir dolor en una operación quirúrgica.

Volviendo al ejemplo antes mencionado del automóvil, el "nuevo" coche no es conceptualmente nuevo. Es sólo un nuevo modelo. El motor será más potente, el chasis más equilibrado, los amortiguadores mejores, la carretera por la que circula mejor trazada y el límite de velocidad no temeraria más alto, pero no hemos inventado ahora ni las carreteras, ni los automóviles, ni los riesgos de accidente. Y, sobre todo, no hemos inventado las leyes de la física relativas a la fuerza, el rozamiento, la velocidad y la inercia, que explican porqué se mueven y a veces lamentablemente se estrellan los automóviles.

Con la "nueva economía" pasa exactamente lo mismo. Siempre ha habido innovaciones tecnológicas que han permitido mejorar los métodos de organización, aumentar la productividad y la eficiencia y han posibilitado la existencia de un mayor potencial de crecimiento no inflacionista. Ello no es sólo de ahora ni propio de la nueva economía. Y, sobre todo, lo cierto es que aunque hayan mejorado la productividad, la eficiencia, el crecimiento económico y la estabilidad de precios, lo que no se ha alterado son las leyes económicas que regulan las relaciones entre las variables económicas.

¿Ha llegado a Europa la nueva economía?

Se dice - o, al menos, se decía antes de que la economía estadounidense desacelerara su ritmo de crecimiento - que la nueva economía era algo privativo de Estados Unidos y que no existía o no había llegado a Europa. Desarrollemos esta idea.

Volviendo a los tres elementos definidores del concepto de nueva economía - causa, correa de transmisión y efecto - y empezando por la causa - innovación tecnológica - comparando la realidad de la economía norteamericana con la de la europea, hay que admitir que Europa no está, en general, a la altura de los Estados Unidos en materia de innovación tecnológica, aunque pueda haber algún sector, como el de telecomunicaciones, que constituya una excepción a la regla. Empezando por los sistemas educativos, incluida la formación profesional, siguiendo por la investigación científica y técnica básica y acabando con las aplicaciones científicas y técnicas, Europa requiere de un impulso. Más desarrollo educativo, científico y técnico - básico y aplicado - implica, sin duda, dedicar más recursos humanos y económicos a estos menesteres, no sólo por parte del sector público sino también por parte del sector privado. Pero se requiere también un marco adecuado, un ambiente propicio, unas condiciones favorecedoras de la innovación, algo que no se consigue sólo con dinero y en lo que los americanos nos llevan ventaja.

Lo anterior nos lleva al tercer elemento definidor de la nueva economía, los efectos finales sobre el sistema económico. El hecho de que Europa esté tecnológicamente rezagada con respecto a los Estados Unidos no podría por sí solo explicar la ausencia de nueva economía en nuestro continente, puesto que a través de los canales de la globalización y del intercambio siempre pueden importarse las nuevas técnicas, de acuerdo con la vieja idea de "que inventen ellos".

Pero de nada sirve "que inventen ellos" si sus inventos no caen en terreno abonado, es decir si una economía no reune las condiciones de flexibilidad, de capacidad de adaptación y de competencia para aprovechar plenamente las posibilidades de la innovación. Lo que hay que corregir, por tanto, es la insuficiente competencia en determinados sectores y la insuficiente flexibilidad en determinados mercados de la economía europea.

Al igual que no se pueden aprovechar todas las prestaciones de un buen automóvil si su motor no dispone de un buen lubrificante, los beneficios de la nueva economía sólo se manifiestan plenamente en presencia de dos lubrificantes sociales multiuso y multigrado llamados competencia y flexibilidad. Multiuso porque son aplicables no sólo al campo de la actividad empresarial tradicional sino también al de la satisfacción de determinadas necesidades sociales como son la educación o la investigación científica y técnica. Multigrado porque las propiedades de la competencia y de la flexibilidad no sufren alteraciones con los cambios del entorno, de la temperatura ambiente para seguir con el símil.

Los defensores del statu quo europeo descalifican la demanda de más intensa y más extensa competencia y flexibilidad como un "regreso al salvaje capitalismo liberal individual del siglo XIX". Permítanme que diga que se trata precisamente de todo lo contrario: sería un benéfico paso decisivo hacia el futuro, aunque desde luego difícil de dar porque requiere del coraje suficiente para anteponer el interés general de la sociedad a los intereses particulares de determinados individuos o grupos, aunque también puedan ser legítimos.

Pienso, como conclusión de esta parte de mi conferencia, que la nueva economía no es privativa de ninguna región del mundo sino que está abierta a cualquiera capaz de establecer y aplicar unas "reglas de juego" capaces de permitir aprovechar todo el potencial de la innovación tecnológica.

¿Garantiza la nueva economía un crecimiento sostenido?

Prestemos atención a la siguiente afirmación de un gran economista norteamericano: «Vivimos en una nueva era y es de primerísima importancia para todo hombre de negocios y para todo banquero entender dicha nueva era y sus implicaciones (...). Los precios de las acciones han conseguido lo que parece un nivel permanentemente alto.» La cita es de Irving Fisher y fue formulada poco antes de la crisis bursátil de 1929 (Hämäläinen, 2000:2). La traemos a colación como un buen ejemplo de que no es la primera vez que se ha pensado que la economía había entrado en una "nueva era" y que los ciclos económicos eran historia, como algunos pensaban actualmente en relación con la nueva economía.

Por supuesto, las cosas son ahora distintas que en los años veinte del pasado siglo XX. Desde entonces los economistas algo hemos aprendido acerca de depresiones y de inflaciones - como, respectivamente, de la americana y de la alemana de los años treinta - sabemos de las posibilidades y de las limitaciones de la política económica y la aplicamos razonablemente bien. Gracias a ello, el nivel de crecimiento económico es más alto y sostenido y la inflación se mantiene reducida, pero distamos de haber eliminado de nuestras economías los ciclos y, por supuesto, nadie cree, como Fisher, que las cotizaciones bursátiles puedan conseguir un "nivel permanentemente alto". A estas alturas nadie ignora que lo que sube acaba bajando y que lo que baja acaba subiendo, que el toro y el oso se alternan en las Bolsas y que por lo tanto conviene desterrar tanto el optimismo como el pesimismo desmesurados. Personalmente, de Irving Fisher he aprendido que es mejor no hacer predicciones y que, a lo sumo, cabe hacer proyecciones, que es, por cierto, lo que publica el Banco Central Europeo (BCE) y sólo cada seis meses.

Llegados a este punto, permítanme una digresión sobre Irving Fisher para que ningún asistente a este Curso se lleve una impresión errónea de él. Aunque ciertamente pecó de optimista y erró su predicción, Irving Fisher (1867-1947) fue seguramente el economista norteamericano más importante de su tiempo. En lugar de centrarse como sus colegas Mitchell y Veblen en el institucionalismo - que fue la versión norteamericana del historicismo alemán - formuló y contrastó empíricamente la ecuación que lleva su nombre: MV = PT, es decir la cantidad de dinero multiplicada por su velocidad de circulación es igual al nivel general de precios multiplicado por el volumen de transacciones. La idea no era nueva, puesto que ya había sido anticipada en el siglo XVI por los economistas españoles Martín de Azpilicueta y Tomás de Mercado tras la llegada del oro y de la plata de América. Para algunos, la fórmula ni siquiera es relevante, puesto que la consideran una mera tautología. Lo cierto es que a partir de Irving Fisher la influencia de esta sencilla fórmula ha sido enorme hasta el punto de que, no como una tautología sino como una relación de comportamiento, ha sido y es tenida en cuenta por bancos centrales, sin ir más lejos por el propio BCE en el primer pilar de su estrategia de política monetaria. Gracias, entre otros, a Irving Fisher, algunos bancos centrales seguimos creyendo que la inflación tiene mucho que ver con la cantidad de dinero del sistema económico y pensamos por tanto que el seguimiento y control de dicha cantidad de dinero es un factor importante de la estrategia de una política monetaria orientada a la estabilidad de precios. No por vieja, una idea deja de ser verdadera.

Tras esta digresión que hace justicia a Irving Fisher, volvamos a retomar el hilo de nuestra exposición. Quedamos en que ni la existencia de importantes innovaciones tecnológicas, ni los subsiguientes aumentos de la eficiencia y de la productividad, ni los benéficos efectos finales de todo ello sobre las variables macroeconómicas son una vacuna contra las oscilaciones cíclicas de la economía ni una garantía de crecimiento permanente. Los hechos, desgraciadamente, ya nos han empezado a dar la razón a los que hemos defendido que un crecimiento económico generador de crecientes desequilibrios, como el experimentado y los experimentados por la economía norteamericana en casi una década, acaba siendo insostenible, por muy basado que pueda estar en los efectos de los aumentos de la productividad derivados de la aplicación de innovaciones tecnológicas. Después del flujo ha llegado el reflujo.

Por lo que a nosotros respecta, lo cierto es que la economía europea depende principalmente de factores domésticos y tiene buenos fundamentos porque mantiene sus equilibrios básicos: baja inflación, equilibrio exterior por cuenta corriente, equilibrio interno entre ahorro e inversión y avances en el proceso de consolidación presupuestaria. Europa ha hecho y sigue haciendo sus deberes de la asignatura "solidez y equilibrio macroeconómicos" aunque tiene una asignatura pendiente en la antes citada necesidad de aumentar la competencia y la flexibilidad. Cuando uno se mantiene en "buena forma" se está mejor preparado para hacer frente a una coyuntura económica internacional desfavorable, aunque nadie puede pensar en la era de la globalización y de la interdependencia que lo que pase en la economía norteamericana y japonesa no vaya a afectar a la economía europea.

A la antes citada "buena forma" de la economía europea ha contribuido decisivamente, y seguirá contribuyendo en el futuro, la política monetaria del BCE encaminada prioritariamente hacia la estabilidad, porque la estabilidad de precios es una precondición y la mejor garantía para un crecimiento económico sostenido. A este respecto es importante no perder el norte de la política monetaria del BCE y recordar que el mandato de la sociedad europea escrito en el Tratado de Maastricht - y que estamos lógicamente obligados a seguir - es inequívoco en cuanto a la prioridad del objetivo de la estabilidad de precios y que otras variables económicas relevantes, como el crecimiento económico, se tienen en cuenta por el BCE en la medida en que afectan a la estabilidad de precios.

El hecho de que la coyuntura económica internacional sea ahora menos boyante que hace unos meses no significa que los positivos efectos de la nueva economía no puedan seguir manifestándose. La nueva economía es un concepto estructural y, por tanto, permanente, aunque su existencia no impida la de los ciclos económicos. El error de perspectiva a evitar es relacionar los efectos de la nueva economía con las oscilaciones de la función de evolución del PIB en vez de con el nivel de la función de evolución del PIB. Con la nueva economía, el crecimiento puede seguir oscilando, pero lo hará a un nivel más elevado. La nueva economía, en conclusión, desplaza al alza la curva de crecimiento económico, pero no necesariamente la allana, no necesariamente la aplana.

¿Qué enseñanzas se derivan de la nueva economía para un banco central?

La primera enseñanza que un banco central debe derivar de la nueva economía es la de que aunque el límite de velocidad no inflacionista de la economía sea más alto, sigue habiendo un límite de velocidad. No porque el coche y las carreteras sean mejores y se pueda correr más sin riesgo significa que uno pueda ir a una velocidad temeraria. La nueva economía no ha acabado ni acabará con el riesgo de inflación y por ello la necesidad de una política monetaria encaminada a la estabilidad de precios seguirá existiendo. El puesto de trabajo de los banqueros centrales, como el de la policía de tráfico, está, pues, asegurado.

La segunda enseñanza que un banco central debe derivar de la nueva economía es la de que los sistemas económicos están sometidos a cambios estructurales y que la única forma de tener en cuenta dichos cambios es adoptando una estrategia de decisión comprensiva, flexible, carente de activismo y orientada al medio plazo. A este respecto, de todas las que conozco la estrategia de política monetaria del BCE es la que me parece más adecuada, como he tenido ocasión de explicar en otros foros (Domingo Solans, 2000). Recuérdese que la estrategia de política monetaria del BCE consiste en dos pilares: el primero - relacionado con la antes citada aportación de Irwing Fisher - concede un papel relevante a la cantidad de dinero, básicamente señalando un valor de referencia del crecimiento de un agregado monetario amplio, concretamente M3; el segundo pilar consiste en una valoración de las perspectivas de evolución de los precios y de los riesgos para la estabilidad en el conjunto de la euroárea hecha sobre la base de un conjunto amplio y abierto de indicadores relevantes.

Finalmente - y con ello termino - el tema de la nueva economía da a los bancos centrales - y pienso que a todos los economistas - una lección de humildad en relación con la complejidad y la imprevisibilidad de los cambios que se operan en los sistemas económicos, que nunca seremos capaces de anticipar ni de controlar plenamente. También nos proporcionan una lección de humildad - en este caso definitivamente a todos - en el sentido de que no debemos ser tan egocéntricos como para pensar que sólo a nuestra generación le están ocurriendo cosas extraordinarias. Sería interesante poder ver cómo nos van a juzgar dentro de un siglo.

Referencias

BAILY, Martin N. and GORDON, Robert J. (1988) «The Productivity Slowdown, Measurement Issues, and the Explosion of Computer Power», Brookings Papers on Economic Activity, 19, no. 2, pp. 347-420.

DAVID, Paul A. (1990) «The Dynamo and the Computer: An Historical Perspective on the Modern Productivity Paradox». American Economic Review, no. 80, May, pp. 355-361.

DOMINGO SOLANS, Eugenio (2000) «How Should Monetary Policy Makers Respond to the New Challenges of Global Economic Integration?» en "Global Economic Integration: Opportunities and Challenges". A Symposium Sponsored by The Federal Reserve Bank of Kansas City, Jackson Hole, Wyoming, August 24-26, pp. 277-287.

GORDON, Robert J. (1998) «Monetary Policy in the Age of Information Technology: Computers and the Solow Paradox», IMES, Bank of Japan, Eighth International Conference, June 18-19, Mimeo.

HÄMÄLÄINEN, Sirkka (2001) «Is the New Economy really new?» (pdf 169 kB), Jaakko Honko Lecture, Helsinki School of Economics, January 29, Mimeo.

SICHEL, Daniel E. (1997) «The Computer Revolution: An Economic Perspective», Brookings Institution, Washington.

SOLOW, Robert M. (1987) «We'd Better Watch Out», New York Times Book Review, July 12.

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