Intervención en la celebración del 50 aniversario de la banca central en Cuba

Eugenio Domingo Solans Miembro del Consejo de Gobierno y del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, La Habana, 15 de noviembre de 2000.

Personalmente y en nombre de los cinco restantes miembros del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo (BCE) quiero expresar nuestro agradecimiento al Banco Central de Cuba por su invitación para intervenir en esta celebración del 50 Aniversario del establecimiento de la banca central en Cuba. En el plano personal debo también hacer constar la satisfacción que me produce encontrarme de nuevo en La Habana gozando de la hospitalidad del pueblo cubano, tan querido.

Los bancos y banqueros centrales formamos un grupo unido por una misión común: ser guardianes de la moneda por mandato de nuestras respectivas sociedades, con todo lo que ello significa en aspectos tan importantes como, entre otros, la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el buen funcionamiento del sistema de pagos y la provisión de información monetaria, bancaria y financiera al público. Nuestro quehacer se caracteriza por el mantenimiento de un equilibrio entre el Estado y los mercados, entre la deliberación y la acción, entre el análisis y la decisión, entre la técnica y la política, entre la tradición y la modernidad, algunos dirían incluso que entre la ciencia y el arte. Ello nos hace distintos, lo que acaba creando una solidaridad de hecho. Por ello, cuando "uno de los nuestros" - en este caso el Banco Central de Cuba y su Presidente Francisco Soberón Valdés - organizan una celebración, los demás nos sumamos gustosos a ella.

Acabo de mencionar conceptos como estabilidad monetaria, estabilidad financiera, eficiente sistema de pagos, etc. Parecen términos técnicos, y ciertamente lo son, pero no son sólo técnicos. Los efectos de lo monetario van más allá de la oferta y de la demanda. Un buen orden monetario propicia la existencia de valores sociales importantes como el espíritu de trabajo, la recompensa al esfuerzo, la previsión ante el porvenir e incluso la cohesión social. En cambio, el desbarajuste monetario acaba minando no ya el orden económico sino también el orden político y social. La historia ofrece ejemplos, algunos próximos, de regímenes políticos y de sociedades que se descompusieron como consecuencia de una mala gestión monetaria. Así de importante es dejar que los bancos y los banqueros centrales cumplan, como saben hacerlo, con su misión. Su genialidad permitió intuir a Napoleón Bonaparte la necesidad de dejar suficiente margen de maniobra a la banca central cuando, al crear el Banco de Francia el 18 de enero de 1800, quiso que "estuviera en las manos del Gobierno y que no lo estuviera demasiado". Al desarrollo de esta intuición, que lógicamente debe valorarse en el contexto histórico en el que se produjo, doscientos años después se la denomina independencia del banco central.

La sociedad europea es plenamente consciente de lo anterior y por ello en el consenso socioeconómico prevaleciente en Europa que cristalizó en el Tratado de la Unión Europea, también llamado de Maastricht, de 1992, tanto la independencia del Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC), compuesto por el BCE y los bancos centrales nacionales de la Unión Europea, como la estabilidad monetaria, esto es, la ausencia tanto de inflación como de deflación, ocupan un lugar preeminente. La estabilidad monetaria de la que el BCE es garante es una condición necesaria no sólo para la producción eficiente y el crecimiento económico sino también para el bienestar social del que disfrutamos los europeos. La estabilidad monetaria no sólo es materialmente fecunda sino también moralmente ética.

El BCE tiene la responsabilidad de guardar la moneda de exactamente 304 millones de ciudadanos europeos, contando ya a los griegos que en un mes y medio también adoptarán el euro. La euroárea produce el 15% del Producto Interior Bruto mundial y es el mayor exportador con una cuota de participación del 16%. A Cuba, en particular, la euroárea le suministra cerca de la mitad de sus importaciones y alrededor de la mitad de los visitantes de la Isla proceden de la euroárea, que así contribuye significativamente a la exportación cubana de servicios. La economía de la euroárea es estable, equilibrada y favorable: baja inflación a pesar del impacto del encarecimiento del petróleo, alto nivel y buenas perspectivas de crecimiento económico, generación de empleo y reducción de la tasa de desempleo, sector exterior prácticamente equilibrado, equilibrio también entre el ahorro y la inversión domésticos de empresas no financieras y hogares, consolidación fiscal que apunta a un próximo equilibrio y superávit presupuestarios y progresos claros en la política de mercado y en las reformas estructurales son rasgos que dan solidez y dinamismo a la economía europea y que propician el creciente desarrollo de actividades económicas rentables. A todo ello no es ajeno el buen hacer del BCE.

Desde su lanzamiento, el euro, aparte de proveer de estabilidad, ha hecho que los mercados europeos estén más integrados y sean más amplios, líquidos y eficientes, es decir, el euro constituye un complemento y un perfeccionamiento del Mercado Unico europeo. El uso internacional del euro se ha desarrollado notablemente, puesto que nuestra divisa reúne los dos requisitos que debe poseer una moneda internacional: estabilidad y una base demográfica, económica y financiera amplia y sólida. Más de cincuenta países fuera de la euroárea tienen actualmente regímenes monetarios que, en mayor o menor grado, involucran al euro. El uso del euro fuera de la euroárea aumentará, sin duda, en el futuro, especialmente a partir del 2002 cuando circulen los billetes y monedas denominados en euros. A este respecto, importa añadir que la política del BCE es de estricta neutralidad, es de no beligerancia en cuanto a forzar el uso internacional del euro. Sabemos que ello ocurrirá en todo caso, de forma espontánea, despacio pero inexorablemente, sin otros impulsos que los derivados del mercado y de la libre decisión de los agentes económicos. El proceso ni será estimulado ni será dificultado por el BCE. La internacionalización del euro no es un objetivo de la política del BCE, sino un proceso que el propio mercado y la propia lógica económica guiarán libremente.

La política monetaria y otras actuaciones del BCE encaminadas a asegurar el mantenimiento del poder adquisitivo del euro, unidas al hecho de que los fundamentos de la economía de la euroárea son sólidos, permite afirmar que el euro no sólo es y será una moneda estable sino también una moneda con una fortaleza congruente con los buenos cimientos de la economía europea. El BCE es consciente de los riesgos derivados de una moneda infravalorada para la credibilidad y para la estabilidad y actúa y seguirá actuando en consecuencia. También es oportuno señalar que tan dañina puede llegar a ser una moneda infravalorada como una moneda con un tipo de cambio sobrevalorado. Los tipos de cambio deben corresponderse con los fundamentos de las respectivas economías. Una divergencia excesiva entre lo financiero y lo real, aparte de ser a la larga insostenible, acaba pasando factura. Practicar, alabar o, simplemente, aceptar una política de tipo de cambio depreciado - algunos se engañan a si mismos llamándolo tipo de cambio "competitivo" - sería tan erróneo como lo es practicar, alabar o aceptar una política de tipo de cambio sobrevaluado, en este caso engañándose a si mismos llamándolo tipo de cambio "fuerte": una moneda sólo es verdaderamente fuerte cuando su apreciación no se produce a costa de serios desequilibrios en las variables macroeconómicas fundamentales sino que, por el contrario, es el resultado de la fortaleza y del equilibrio económico subyacentes. Este es el factor que permite distinguir a una divisa fuerte de otra simplemente sobrevalorada.

No quisiera terminar sin volver mi atención a Cuba y destacar las transformaciones experimentadas por el sistema bancario y financiero de este país en el último lustro, principalmente la creación en 1997 del Banco Central de Cuba como sucesor del Banco Nacional de Cuba en el desempeño de las funciones de banco central. El Banco Central de Cuba afronta importantes responsabilidades, según se desprende y se puede interpretar de la lectura de su norma fundacional de 1997: velar por la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional, proponer la política monetaria del país y dirigir de forma independiente su aplicación, hacer que como mínimo sea excepción y no regla la monetización o la financiación heterodoxa del déficit público y pienso que a poder ser ni siquiera excepción, preparar e implementar un adecuado sistema de tipo de cambio del peso cubano, facilitar información económica y estadística, llevar a cabo investigaciones en el ámbito bancario y financiero y, por último, como todo banco central - si no está en la letra de la ley, lo está desde luego en su espíritu - hacer buen uso de su autoridad para asesorar debidamente a las autoridades económicas. Estoy convencido de que, para bien de la economía y de la sociedad cubanas, que vivamente deseo, el Banco Central de Cuba sabrá estar a la altura de sus responsabilidades. Para ello, sabe que puede contar con la colaboración del BCE, eje del SEBC y, como tal, heredero de la mejor tradición de banca central en el mundo: entre otras, la del Bundesbank, la del Banco de Francia, la de la Banca de Italia y, naturalmente, la de mi anterior casa, la del Banco de España.

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